miércoles, 7 de marzo de 2012

EL DIVORCIO EN EL HOMBRE...........

La separación ahora es definitiva. La mujer que había sido su esposa por años lo dejó solo en la casa, que no reclamó, y con un montón de deudas. Quedarse en lo que una vez fue hogar es mucho peor que irse a vivir a una nueva casa. Quedaron muchas memorias sobre las paredes y en los rincones de la vivienda que compartió por mucho tiempo con la mujer que una vez fue la motivación de su vida. La madre de sus hijos se ha mudado; los niños se fueron con ella. El recuerdo de las palabras del niño le hacen sudar frío las manos y le engarrota las entrañas: Papi, ¿por qué tú no te estás mudando con nosotros?

El hombre está ahora solo en una casa vacía, sin muebles casi, sin cortinas. Un viejo televisor descansa sobre una mesita de noche a la que le falta una pata. No hay ruidos, sólo los que él hace, no hay quejas, sólo las que él se hace a sí mismo, no hay risas. No hay niños que se le suban a las piernas. Hay una rara ausencia de seres queridos. Hay un gran vacío. Solamente la pequeña caja japonesa con una pantalla de luz y colores gastados alivian la ausencia humana. ¡Gracias por la televisión!

Él hizo lo que pudo para detener una separación que era inevitable. Inclusive pasó por el proceso de desvestir su mente y hábitos íntimos delante de un consejero matrimonial y practicó consejos que no dieron resultado. Todo había fracasado. Se sentía fracasado. No quedaba nada ni qué hacer ni qué decir. Largas horas de conversaciones. Intentos vanos de comunicarse funcionaron al revés. Siempre recibía un «no» como respuesta, ya figurado, ya abierto. A veces, los recibía penetrantes envueltos en aquella frase frustrante de «Te conozco, sé que no vas a cambiar.» Frase que hería más cuando sí se estaba produciendo un cambio. Lo afirmaba paradójicamente la última frase que ella le dijo: «Ya no te conozco.»

Hay muchas fuerzas que unen a dos seres, aunque ya los sentimientos hayan sido destrozados por constantes malentendidos que no aceptan explicaciones. Qué difícil convencerla, si ella no quiere convencerse. También es difícil no herirla, a ella a quien no quiere herir. ¿Cómo terminar una relación amorosa en términos amistosos? ¿Cómo explicarle a un niño las crueles realidades de una separación total de sus padres? No hay fórmulas prácticas ni aceptables. Cómo quisiera él que las hubiera.

La separación es ahora irreversible. La decisión fue de ella, no de él. Ahora, las circunstancias lo obligan a aceptar la voluntad de ella. Con esa aceptación se ve empujado hacia una realidad nueva: una realidad que él también consideraría como su propio fracaso, porque no logró encontrar una manera de hacerle cambiar su opinión. No pudo motivarla a luchar por algo que él creía valioso. Aceptar tranquilamente la decisión de ella le era a la vez muy doloroso y muy confuso. No importa de qué forma él ahora enfrente la realidad, en todos casos, él lleva la de perder. Si se culpa a sí mismo por el divorcio, se sentirá mal, desajustado. Si quisiera construir un nuevo hogar ¿podría sostener una relación significativa y estable con otra mujer? Probablemente sí. Pero ahora todo es duda.

Si le echa la culpa a ella, entonces sentiría la impotencia de no haber podido encontrar otra solución inteligente que la de aceptarle su decisión irrevocable, una decisión hecha por otra persona y que él no podía cambiar. Si culpaba al destino era peor aún porque se sentiría como un títere en manos de lo Desconocido.

Al final, su orgullo, su identidad social quedarían profunda y terriblemente heridos. Todo sus principios se resquebrajarán. Recuerda: el frío y sofocación del primer beso. La proposición. La boda, el de novia, el bautizo del primer hijo. Recuerda todo aquella que parecía significar tanto en el pasado, no sólo para él, sino para ella, todo aquello ¿ya no contaba más? ¿Lo había olvidado ella todo? ¿Cómo era posible que ella fuera a olvidarse de tantos momentos agradables para fijarse solamente en los malos? ¿No fueron aquellos encuentros felices diez veces mejores que todas las desilusiones y todas las esperanzas infundadas?

Todos los símbolos de aceptación social: matrimonio, hogar, vástagos, estabilidad, seguridad, confort, señora, etc., todos esos tantos símbolos se habían perdido en una colisión violenta contra el divorcio, un hecho cotidiano desmembrante, antisocial, destructivo, como la muerte, algo de lo que se hacen bromas desde lejos, pero que cuando nos golpea desde nuestra esquina es aterrorizador.

Él ya no es un hombre casado. La sociedad tiende a echarle la culpa a los hombres cuando ocurre un divorcio. Raras veces es culpa de ella. Si algo va mal es porque él hizo algo malo: no era un buen esposo, era un mujeriego, tenía otra mujer, no le importaban los sentimientos de ella, ya no la quería. Y aun en el caso que fuera ella la que hubiera dejado de quererlo, también la culpa era de él por no saber mantener la llama del cariño.

Ahora él era un divorciado. Se había convertido en un individuo con un status social vago y transitorio que tendría que cambiar en un período muy breve. Los hombres no deben permanecer divorciados por mucho tiempo. Eso es muy mal visto. Un año, si acaso. Hasta que no encuentre otra mujer, él no será sino un paria temporal.

Las razones por las que un matrimonio fracasa son muchas, demasiadas para hacer una lista. Pero no puede faltar el «quién tuvo la culpa.» Sin embargo, echarse la culpa mutuamente o a las circunstancias no cambia la cuestión. El hecho queda de que cuando un divorcio se hace definitivo ambos tienen que adaptarse a la nueva situación. El matrimonio se acabó. La nueva realidad es el es el divorcio, una separación total, legal, moral y aceptada, aunque no del todo, como la última solución. Ya hasta el toque físico entre ambos se hace irritante o molesto.

El divorcio no es fácil para la mujer. Pero tampoco es fácil para el hombre. Sin embargo, casi todo el mundo cree que el período transitorio después del divorcia es más fácil para el hombre. ¿Es cierto eso? Puede que en algunos casos aislados. Pero en la mayoría, esos días son un período muy difícil de adaptación donde ni siquiera existe la ayuda real de amigos y familiares, los que por lo general abandonan al hombre y justifican la acción de la mujer. Por otra parte, hay libros que ayudan a la mujer a enfrentarse a un divorcio, pero hay muy pocos que ayuden y orienten al hombre.

Los hombres somos terriblemente vulnerables ante los sentimientos. Si tenemos que enfrentarnos a demasiadas emociones negativas de momento, una melancolía irritable, una soledad y una tristeza profunda nos invaden. Cada acción vital se convierte en algo insoportable. Para un hombre, los días que siguen a un divorcio son un período de pruebas extremas para su personalidad, su estabilidad mental y su conducta futura. Se ha de moldear con fuego o ha de perecer en las llamas.

La gente tiende a creer --curiosamente algunos maridos también-- que los hombres cuando se liberan y que, aquellos casos especiales cuando se quedan con el hogar, por la casa o el apartamento desfilan las mujeres por decenas día y noche. Creen que un divorciado no sabe lo que es la soledad. Qué equivocados. Aún si decenas de mujeres desfilaran todas las noches por su casa, él todavía se sentiría solo, porque ésos son los días de mayor soledad de su vida.

Si las causas del divorcio han sido turbulentas, si los pleitos han sido constantes, si estas discrepancias lo han estado irritando por mucho tiempo, su mente se sobrecarga con emociones negativas. Entonces, el divorcio actúa como una aspiradora que absorbe toda aquella mezcla emotiva atrapada dentro y deja en su lugar una terrible sensación de vacío. Este vacío debiera sentirse como un alivio, pero no es así. Ese vacío lo hace sentir inútil, sin metas, sin motivación alguna. Por supuesto, esa sensación depresiva es una ilusión de la peor clase y debe contemplarse como un periodo transitorio. Pero en ese momento ¿quién está como para tomar actitudes filosóficas?

Luego, el vacío se llenará normalmente con emociones mejores y más saludables, si es que el hombre valora la vida y su propio instinto de conservación o, aún mejor llenará el vacío con nuevos conocimientos y con un alcance más lejano para luchar, optimista, con la nueva situación y sacarle todo el provecho posible. Y pobre del que no lo hace...

Por otra parte, él podría ir hacia atrás, desesperadamente buscando por algo a qué aferrarse, algo con qué llenar ese vacío y lo que encuentre podría ser mucho peor. Podría no salir de bares, en procura de encuentros pasajeros o buscando a la chica de sus sueños en el lugar menos propicio y terminar alcohólico. O podría caer en un estancamiento mortal y agarrarse al pasado con poco o ningún poder de recuperación. Podría vivir como un vegetal. O luchar e ir hacia delante para probarse a sí mismo que puede ganar esta batalla que puede hacer de la derrota una victoria y abofetear al mundo que tan poco se ocupó de él. O hacerlo todo por la vida misma o por sus hijos, sus hijos que harán comparaciones en el futuro, quizás hasta con un padrastro. Él piensa: No. Mis hijos no verán en un padrastro a un hombre mejor que yo.

El tiempo cura las heridas...aunque deja cicatrices. La casa habrá de cambiar. Él, poco a poco, llenará el vacío. Hoy un cuadro nuevo para colgar en la pared. Mañana pintará toda la casa. Traerá nuevos muebles a su gusto, a su único gusto para sustituir los que la esposa escogió al suyo. Su vivienda será su cueva una cueva que mostrará su personalidad compartida o reprimida hasta entonces. Ahora, solo, tiene la oportunidad de probar si de verdad sirve.

Como un león en la selva, ofrecerá la paz de su hábitat a los amigos y al romance. Quizá pronto encuentre otra esposa que le quite los cuadros de la pared y ponga los suyos. Esto, ojalá no le suceda demasiado pronto. Un divorciado debe regalarse con el placer exquisito de poder estampar su personalidad por toda la casa, por lo menos, durante un año y disfrutar del hedonismo temporal y la compañía placentera de una mujer no posesiva que pueda reemplazar a gusto.

Pero lo que cuenta más para un divorciado es la certeza de que un día en el futuro, sus hijos, ya grandes se paren en cualquier lugar y digan a voz en cuello y a pesar de todo reto: «Mi padre es el mejor de los padres.»